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Una vez extraído
del depósito de fermentación, el vino permanece
un tiempo en estado estacionario y pasados unos días
comienza una nueva actividad que se conoce con el nombre de
fermentación maloláctica, realizada por bacterias
lácticas y que propicia el acabado final del vino.
En ocasiones, se produce, incluso, antes
del descube y se confunde con el final de la fermentación
alcohólica, mientras que en otros casos tiene lugar
en el vino guardado en la bodega debido al aumento de temperatura
al llegar la primavera.
Con la fermentación maloláctica, los vinos tintos
pierden acidez y ganan en suavidad por la sustitución
del ácido málico (sensación de verdor
y dureza) por ácido láctico (sensación
más suave). Además, el color se modifica hacia
tonos menos vivos y el aroma gana en matices y complejidad.
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Es
especialmente importante en la elaboración
de vinos tintos, mientras que debe evitarse
en el caso de los blancos para que no
haya extracción de color.
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En cambio, en los vinos blancos no está
determinado que la fermentación maloláctica
mejore la calidad. Depende de su acidez natural. Los vinos
blancos de países nórdicos, con alta acidez,
necesitan realizar la fermentación maloláctica
para que no sean agresivos en boca.
En general, se considera recomendable hacer
siempre la fermentación maloláctica en los vinos
tintos, mientras que en los blancos y en dulces su realización
depende de otros factores (acidez, crianza en barrica, grado
de afrutado).
Con la colaboración de:
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